lunes, 21 de diciembre de 2015

Ajustando cuestiones con la abuela.

¡Pero qué pueblo alelado, madre materna! Le han hecho creer que es el único que tiene que solidarizarse, pagando platos rotos con ajustes, y lo más normalito es: "Whoops, no, esto no está bien, las cifras no dan. Hala, camarada, sea buen hombre, sea nacionalista y ceda su poder adquisitivo y sus escuetas comodidades para corregir la mala praxis crónica de sus mandatarios. Y a ver si la próxima nos sale mejor, ¿eh? Vamos, vamos, a trabajar que hay que sacar adelante un país".
¿Por qué el trabajador, el hipnotizado proletario de por sí exprimido por las desigualdades que corroen y signan este sistema, tiene siempre que ser el ajustado? ¡Que los monumentales capitales concentrados cedan su poderío económico para el bien de la nación, más que nosotros! Que para el ajuste se movilicen esos billones (¿sabés cuánto es un billón? Un millón de millones, compadre, comadre) sueltos, ociosos. Esos mismos billones que andan, como monumentos demoníacos, prestos para volcarse, amén de cumplir su misión de capitales y dar rédito al capitalista, hacia endeudamientos masivos de naciones enteras o burbujeantes exuberancias financieras que siempre acaban en bancarrotas gigantes, las cuales hay que pagar finalmente, para poner brochecito de oro a esta idiotez, con crisis económica y ajustes cada vez más ajustados.
Que, por una jodida vez, la mano que se haga con una justa fracción de lo producido por el trabajo social sea un poco más callosa y esté un poco menos ornada con joyas o relojes.

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