lunes, 21 de diciembre de 2015

Ajustando cuestiones con la abuela.

¡Pero qué pueblo alelado, madre materna! Le han hecho creer que es el único que tiene que solidarizarse, pagando platos rotos con ajustes, y lo más normalito es: "Whoops, no, esto no está bien, las cifras no dan. Hala, camarada, sea buen hombre, sea nacionalista y ceda su poder adquisitivo y sus escuetas comodidades para corregir la mala praxis crónica de sus mandatarios. Y a ver si la próxima nos sale mejor, ¿eh? Vamos, vamos, a trabajar que hay que sacar adelante un país".
¿Por qué el trabajador, el hipnotizado proletario de por sí exprimido por las desigualdades que corroen y signan este sistema, tiene siempre que ser el ajustado? ¡Que los monumentales capitales concentrados cedan su poderío económico para el bien de la nación, más que nosotros! Que para el ajuste se movilicen esos billones (¿sabés cuánto es un billón? Un millón de millones, compadre, comadre) sueltos, ociosos. Esos mismos billones que andan, como monumentos demoníacos, prestos para volcarse, amén de cumplir su misión de capitales y dar rédito al capitalista, hacia endeudamientos masivos de naciones enteras o burbujeantes exuberancias financieras que siempre acaban en bancarrotas gigantes, las cuales hay que pagar finalmente, para poner brochecito de oro a esta idiotez, con crisis económica y ajustes cada vez más ajustados.
Que, por una jodida vez, la mano que se haga con una justa fracción de lo producido por el trabajo social sea un poco más callosa y esté un poco menos ornada con joyas o relojes.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

No existen genios: sólo genialidades.

Algunos sujetos en la historia tuvieron la suerte de chocar con proezas varias veces, y la constante erección de héroes nos ha dado por eso el hábito de creer que lo grande son los hombres que cometen grandezas. Pero no existen genios: sólo genialidades; no hay heroes: sólo heroísmos. Y estas genialidades y heroísmos siempre tienen la peculiaridad de ser azarosos, contingentes como accidentes o trastabilleos. Eso importa, con una nueva dignidad, la vieja gran regla de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Mientras mi guitarra...

Esta vez, el diputado von Eigner lloró con mucha más consistencia.
Fue desfogando uno a uno todos los manojos de lágrimas que se había tragado, no desde la noticia de su enfermedad: desde siempre, desde que tenía memoria. Le dedicó un puñadito de sollozo a cada mala bocanada que la humareda incoherente de vivir le había propinado. Revisó minuciosamente sus tristezas, y recordó pesares  que ni siquiera sabía ya que había atravesado; desde una mala experiencia en el ignoto consultorio de una dentista, hasta la noche en que, sorteando a la fuerza los obstáculos burocráticos de un par de enfermeras, atravesó la puerta de una pieza de hospital y miró a los ojos a su padre cancerado y casi asfixiado, y le dijo sin decirle nada pero sabiendo que bien lo entendía, que ahora era hora de echar mano a la hombría, “porque, sí, papá: al final se nos acaba la vida”.
Por eso lloró esta vez con mucha más consistencia el diputado von Eigner.